El nuevo espíritu de la frontera
Desde siempre, la frontera ha sido fuente de tensiones y de litigios, lugar de cuerpos que chocan entre sí, de refugiados que se amontonan ante las puertas de mundos de ensueño, huyendo de un universo hostil.
Inmateriales en el mapa del mundo, sin embargo, las fronteras delinean un cuerpo y una realidad, ya sea la de un estado, la de un imperio o de una cultura.
La frontera encarna también, el espíritu del eterno desafío del hombre situado ante lo imposible, que es preciso vencer. Porque marca un límite y nada resulta menos natural para el hombre que estar limitado por el encierro.

¿Qué significa “frontera” hoy día? ¿Acaso no estamos siendo testigos de un retorno a un mundo formado por ejes de poder y de influencia, más que por territorios geométricos? ¿Acaso no vemos emerger nuevas formas de organización y de estructura del orden mundial? Las fronteras de nuestro nuevo mundo, se enciman y se atraviesan, llevando consigo la marca de todos los legados, de todas las épocas de la historia. Época de nacionalismos, que delineaban la envoltura de los estados y la geografía del peligro y de la obsesión. Pero también, hoy día, época de afirmaciones culturales en medio de tantas tensiones: en la línea de control de Cachemira, entre India y Paquistán, una banderola suena al viento y proclama más allá del turbante naranja de un guardia sikh: “Está usted entrando en la democracia más grande del mundo”.
Al irse desarrollando, una civilización no necesita protegerse tras de una barrera, pues controla las zonas vecinas por su influencia y por su proyección. En todas partes, durante el periodo helénico, el arte griego establecía más allá de toda frontera su influencia, visible en las medallas acuñadas en la Bretaña céltica, como en las estatuas del norte de la India.
Esta penetración pacífica de un espíritu o de una cultura, asegura la vida de las civilizaciones y su renovación. Sólo cuando está en declive y perdiendo creatividad, una sociedad se siente obligada a parapetarse detrás de un muro. El umbral que separa las civilizaciones en pleno desarrollo, deja entonces su lugar a una frontera militar que desearía ser infranqueable.
Sin embargo, la única protección verdadera, es la apertura al mundo. Tal como lo resumía el historiador Arnold Toynbee: “la formidable barrera es tan precaria, como seguro es el humilde umbral”.
El muro levantado en toda Europa por Adriano, como la gran Muralla de China consolidada por la Dinastía Ts’in, en el tercer siglo antes de Jesucristo, hace realidad la tentación de una civilización de levantar líneas rígidas de defensa contra los bárbaros del exterior.
Pero estas barricadas no alimentan una civilización, concentran la energía en el miedo al otro y no en las actividades creadoras, las únicas que pueden asegurar la proyección, influencia y renovación de las sociedades. Incluso, en un plano puramente táctico, las murallas defensivas constituyen un error. ¿De qué nos sirvió la línea Maginot, construida con grandes recursos económicos por un estado mayor avejentado y poco consciente de las mutaciones del mundo?
Las fronteras habían dotado de ritmo la vida de los imperios. ¿Acaso no estaban destinadas a desaparecer con ellos? ¿Acaso no están de hecho desapareciendo, bajo el golpe de los grandes movimientos de unificación que obran en nuestro mundo?
Después, la aceleración de la globalización ha hecho porosas todas las fronteras. Ya ninguna es impermeable a la circulación instantánea de información, que pasa a través de cables submarinos o por satélites espaciales. Muy pocas erigen barreras a los flujos de capitales y de mercancías. En Europa, podemos comer carne argentina y frutas israelíes, conducimos autos alimentados con petróleo de Medio Oriente, escuchamos música con aparatos hechos en Asia y bebemos café de América Latina o de África. Las empresas solicitan préstamos financiados en los cuatro continentes y los capitales dan varias vueltas al globo en unas cuantas horas. Las mismas imágenes aparecen en las pantallas de televisión de Norte a Sur, de Este a Oeste.
Migraciones
Las migraciones, otra evolución que cuestiona las fronteras antiguas, han adquirido una amplitud sin precedente en la historia. Desde el inicio de este nuevo siglo, ciento cincuenta millones de personas emigran cada año en el mundo y esta cifra sigue aumentando.
Entre ellas, veintidós millones de refugiados buscan asilo, un territorio en donde reconstruir una nueva vida. El mapa de las migraciones mundiales se hace cada vez más complejo, con nuevas zonas de salida como Asia o India y los hogares de destino más diversos: el planeta migratorio ya es multipolar. Con la internacionalización de la ciencia y de la técnica, con la aparición de un mercado mundial de competencias, las poblaciones migratorias tienen cada vez más instrucción, cada vez más heteróclitas y cada vez más volátiles.
Nuevas cicatrices
Entonces, a la hora de la globalización, ¿acaso las fronteras sólo son cicatrices de la historia? Nada menos seguro. Si bien, las fronteras se esfuman en Europa, están renaciendo en otras partes al mismo tiempo: una cerca electrónica de 350 kilómetros se está construyendo hoy día para separar Cisjordania de Israel y de Jerusalén. Mientras que, las grandes redes se constituyen, las nacionalidades despiertan dando lugar ayer a la explosión de los Balcanes o los conflictos en la región de los Grandes Lagos de hoy. Y, si bien, las fronteras parecen más porosas que ayer, son, sin embargo, infinitamente más numerosas que a principios del siglo XIX, cuando sólo algunos imperios se repartían las tierras habitadas.
En África, en Medio Oriente, en Asia, las fronteras constituyen desafíos geopolíticos mayores. En Europa Central, el tema de los límites nacionales, sigue siendo fundamental para países que a veces fueron borrados del mapa durante varios siglos (por ejemplo, Polonia) o, cuya identidad fue durante mucho tiempo reprimida (Croacia, Eslovenia o Eslovaquia.) Las fronteras se transforman, pero no desaparecen.
Se flexibilizan y se vuelven selectivas, introduciendo nuevas formas de desigualdad. Pues, si bien, los más desahogados pueden hoy día tener un sentimiento de libertad total (cruzando el mundo en unas cuantas horas, de Bangkok a Santiago, de Moscú a Toronto o a París, llenando simplemente una serie de formularios.), los más desamparados sólo tienen ante sí ventanillas más infranqueables que las antiguas murallas.
Indivisibles, desprovistas de territorio, las nuevas murallas tal vez sean por ello más peligrosas: entre el Norte y el Sur, los ricos y los pobres, aquellos que tienen acceso a la información y al saber y aquellos que no lo tienen. Con las desigualdades se ahondan nuevos abismos, arrastrando consigo rencores e incomprensiones. A medida que las ideas, los hombres y las mercancías parecen desmaterializarse para circular cada vez más fácilmente, a medida que el mundo se asimila a una vasta red de flujos entremezclados, se acumulan tensiones, se forman coágulos, se radicalizan las identidades. Las fronteras materiales se esfuman, pero nuevas formas de barreras amenazan con erigirse en los espíritus.
Ya sean religiosas, regionales o afectivas, las afinidades se vuelven a dibujar según una nueva cartografía. En todas partes, comunidades híbridas se polarizan y se responden a escala mundial. La estabilidad mundial, exige la realización de las identidades y su capacidad para coexistir juntas en el seno de un mismo territorio, ya se trate de una región, de un país o de un continente. A través del laberinto de las fronteras nuevas, se plantea toda la cuestión del orden del mundo.
A través de una pluralidad de culturas y de formas de ver el mundo, una energía nueva que supera a cada uno de nosotros e incluso a cada uno de nuestros países, comienza a reunir a todos los hombres. Hay que aprovechar esta oportunidad. Este nuevo espíritu, es el de un gran movimiento que nos une. Nos corresponde construir un mundo que acepte a cada cultura, que reconozca las fronteras y las supere en un gran proyecto común: el de la paz, el del desarrollo, de la ciencia y de la cultura, de la educación y de la voluntad de compartir. Un mundo fundado en el respeto: el respeto de las identidades, el respeto de las civilizaciones, el respeto de las religiones y de las culturas.
Respeto de cada hombre y de sus derechos fundamentales, iguales de Norte a Sur, de Este a Oeste. Juntos, debemos inventar una conciencia de la identidad que se abra al anhelo del otro, a la voluntad de pasar por encima de sus propias fronteras a través del amor y el lenguaje de la alteridad.
Octavio Paz nos invitaba a ver la relación con el otro, como un desafío creador: “Toda cultura nace de la mezcla, del encuentro, de los choques. Por el contrario, a raíz del aislamiento mueren las civilizaciones”.
Quisiera, aportar mi experiencia de europeo. Tenemos una historia caracterizada por guerras, invasiones, guerras civiles y revoluciones.
Europa
Hoy, Europa constituye un espacio frontera, nacido de una doble inspiración: el respeto por la diversidad frente al riesgo de la uniformización del mundo. Por ello, resulta vano querer asignar a Europa fronteras absolutas y una identidad petrificada. Europa está hecha de una superposición de fronteras, entramado renovado entre los legados, historias y culturas de cada uno de los pueblos que la constituyen.
Lejos de condenar nuestro continente a alguna inconsistencia política, esta pluralidad de miradas nos hace portadores de un mensaje para el mundo. La primera lección, nos viene del horror que atravesó nuestro continente durante la segunda guerra mundial. La frontera entre civilización y barbarie, no está ahí en donde Grecia antigua nos había enseñado a situarla, entre una cultura muy evolucionada y las otras. Está en cada hombre, difusa e impenetrable.
La segunda lección de la historia, es la alteridad. Al ir al descubrimiento del mundo, Europa cedió ante las tentaciones del poder: quiso explotar a los demás pueblos, colonizar sus territorios. Hoy ha comprendido estos errores. Ha debido renunciar a la vana dominación de una civilización sobre otra y, en contrapartida a esta renuncia, ha experimentado una profunda mezcla humana y cultural. En las metrópolis europeas, todas las identidades se mezclan y se fecundan.
Aprendimos a ver en nosotros la huella viviente del otro lugar y del otro ser humano, estamos dotados de esta oportunidad que representa para nosotros la mezcla de todas las culturas. Europa constituye un laboratorio para superar las fronteras interiores y exteriores.
Podríamos decir, con Umberto Eco, que la verdadera lengua europea es la traducción. En ningún otro lugar, la historia estableció los intercambios lingüísticos en el primer plano de su vida cotidiana. Europa es una intérprete del mundo, busca sin cesar las convergencias detrás de las divergencias, lo universal detrás de lo particular.
Nos corresponde fortalecer las instancias multilaterales, que se encuentran hoy todavía en sus primeros balbuceos. Nos corresponde construir un verdadero espacio de crecimiento y de paz, en torno del Mediterráneo, crisol de nuevas relaciones entre el Norte y el Sur, entre países desarrollados y en vías de desarrollo, entre culturas y religiones.
Europa, puede aportar la prueba de que, el mundo no está condenado a la fractura y al enfrentamiento.
Las grandes narraciones fundadoras, del Antiguo Testamento a la Iliada o a la Odisea, del Libro de los Muertos egipcio a la Eneida, del Popol-Vuh a las epopeyas africanas, ¿acaso no son libros épicos, libros de grandes travesías, en donde a la identidad se le vuelve a dar forma nuevamente? Estamos en un mundo que se transforma cada vez más rápidamente.
El gran mensaje de la modernidad, es que, nuestro mundo está por crearse. El nuevo espíritu de la frontera es a la vez un espíritu de conquista y humildad, un espíritu de búsqueda que sabe agregar y enriquecerse de todas las huellas acumuladas por la historia. El pensamiento se constituye de este ensamblaje de ecos diversos, que se enriquecen mutuamente. Esta sed de fecundar sonidos, imágenes, gestos y miradas constituye un nuevo aprendizaje.
Escribe Octavio Paz, en El Laberinto de la Soledad: ”El mexicano, no se afirma como mestizo sino como abstracción: es un hombre. Quiere ser hijo de la Nada. Es en sí mismo que comienza”.
Y, yo, francés en México, me siento mexicano, con la aspiración de trastornar las viejas fronteras, compartiendo con ustedes esta búsqueda universal. Búsqueda en la cual todo está por crearse, inventarse, construirse; pero que exige la más humilde de las actitudes, pues, el hombre está desnudo ante su destino. Por ello, debemos partir juntos a la búsqueda de un nuevo humanismo, que se abra a tierras fraternales, tierras del porvenir.
Dominique de Villepin
Extract del Ensayo para la Conferencia Internacional por la Paz
México 2003

GUARDADO EN:
Mi Planeta
Inmateriales en el mapa del mundo, sin embargo, las fronteras delinean un cuerpo y una realidad, ya sea la de un estado, la de un imperio o de una cultura.
La frontera encarna también, el espíritu del eterno desafío del hombre situado ante lo imposible, que es preciso vencer. Porque marca un límite y nada resulta menos natural para el hombre que estar limitado por el encierro.

¿Qué significa “frontera” hoy día? ¿Acaso no estamos siendo testigos de un retorno a un mundo formado por ejes de poder y de influencia, más que por territorios geométricos? ¿Acaso no vemos emerger nuevas formas de organización y de estructura del orden mundial? Las fronteras de nuestro nuevo mundo, se enciman y se atraviesan, llevando consigo la marca de todos los legados, de todas las épocas de la historia. Época de nacionalismos, que delineaban la envoltura de los estados y la geografía del peligro y de la obsesión. Pero también, hoy día, época de afirmaciones culturales en medio de tantas tensiones: en la línea de control de Cachemira, entre India y Paquistán, una banderola suena al viento y proclama más allá del turbante naranja de un guardia sikh: “Está usted entrando en la democracia más grande del mundo”.
Al irse desarrollando, una civilización no necesita protegerse tras de una barrera, pues controla las zonas vecinas por su influencia y por su proyección. En todas partes, durante el periodo helénico, el arte griego establecía más allá de toda frontera su influencia, visible en las medallas acuñadas en la Bretaña céltica, como en las estatuas del norte de la India.
Esta penetración pacífica de un espíritu o de una cultura, asegura la vida de las civilizaciones y su renovación. Sólo cuando está en declive y perdiendo creatividad, una sociedad se siente obligada a parapetarse detrás de un muro. El umbral que separa las civilizaciones en pleno desarrollo, deja entonces su lugar a una frontera militar que desearía ser infranqueable.
Sin embargo, la única protección verdadera, es la apertura al mundo. Tal como lo resumía el historiador Arnold Toynbee: “la formidable barrera es tan precaria, como seguro es el humilde umbral”.
El muro levantado en toda Europa por Adriano, como la gran Muralla de China consolidada por la Dinastía Ts’in, en el tercer siglo antes de Jesucristo, hace realidad la tentación de una civilización de levantar líneas rígidas de defensa contra los bárbaros del exterior.
Pero estas barricadas no alimentan una civilización, concentran la energía en el miedo al otro y no en las actividades creadoras, las únicas que pueden asegurar la proyección, influencia y renovación de las sociedades. Incluso, en un plano puramente táctico, las murallas defensivas constituyen un error. ¿De qué nos sirvió la línea Maginot, construida con grandes recursos económicos por un estado mayor avejentado y poco consciente de las mutaciones del mundo?
Las fronteras habían dotado de ritmo la vida de los imperios. ¿Acaso no estaban destinadas a desaparecer con ellos? ¿Acaso no están de hecho desapareciendo, bajo el golpe de los grandes movimientos de unificación que obran en nuestro mundo?
Después, la aceleración de la globalización ha hecho porosas todas las fronteras. Ya ninguna es impermeable a la circulación instantánea de información, que pasa a través de cables submarinos o por satélites espaciales. Muy pocas erigen barreras a los flujos de capitales y de mercancías. En Europa, podemos comer carne argentina y frutas israelíes, conducimos autos alimentados con petróleo de Medio Oriente, escuchamos música con aparatos hechos en Asia y bebemos café de América Latina o de África. Las empresas solicitan préstamos financiados en los cuatro continentes y los capitales dan varias vueltas al globo en unas cuantas horas. Las mismas imágenes aparecen en las pantallas de televisión de Norte a Sur, de Este a Oeste.
Migraciones
Las migraciones, otra evolución que cuestiona las fronteras antiguas, han adquirido una amplitud sin precedente en la historia. Desde el inicio de este nuevo siglo, ciento cincuenta millones de personas emigran cada año en el mundo y esta cifra sigue aumentando.
Entre ellas, veintidós millones de refugiados buscan asilo, un territorio en donde reconstruir una nueva vida. El mapa de las migraciones mundiales se hace cada vez más complejo, con nuevas zonas de salida como Asia o India y los hogares de destino más diversos: el planeta migratorio ya es multipolar. Con la internacionalización de la ciencia y de la técnica, con la aparición de un mercado mundial de competencias, las poblaciones migratorias tienen cada vez más instrucción, cada vez más heteróclitas y cada vez más volátiles.
Nuevas cicatrices
Entonces, a la hora de la globalización, ¿acaso las fronteras sólo son cicatrices de la historia? Nada menos seguro. Si bien, las fronteras se esfuman en Europa, están renaciendo en otras partes al mismo tiempo: una cerca electrónica de 350 kilómetros se está construyendo hoy día para separar Cisjordania de Israel y de Jerusalén. Mientras que, las grandes redes se constituyen, las nacionalidades despiertan dando lugar ayer a la explosión de los Balcanes o los conflictos en la región de los Grandes Lagos de hoy. Y, si bien, las fronteras parecen más porosas que ayer, son, sin embargo, infinitamente más numerosas que a principios del siglo XIX, cuando sólo algunos imperios se repartían las tierras habitadas.
En África, en Medio Oriente, en Asia, las fronteras constituyen desafíos geopolíticos mayores. En Europa Central, el tema de los límites nacionales, sigue siendo fundamental para países que a veces fueron borrados del mapa durante varios siglos (por ejemplo, Polonia) o, cuya identidad fue durante mucho tiempo reprimida (Croacia, Eslovenia o Eslovaquia.) Las fronteras se transforman, pero no desaparecen.
Se flexibilizan y se vuelven selectivas, introduciendo nuevas formas de desigualdad. Pues, si bien, los más desahogados pueden hoy día tener un sentimiento de libertad total (cruzando el mundo en unas cuantas horas, de Bangkok a Santiago, de Moscú a Toronto o a París, llenando simplemente una serie de formularios.), los más desamparados sólo tienen ante sí ventanillas más infranqueables que las antiguas murallas.
Indivisibles, desprovistas de territorio, las nuevas murallas tal vez sean por ello más peligrosas: entre el Norte y el Sur, los ricos y los pobres, aquellos que tienen acceso a la información y al saber y aquellos que no lo tienen. Con las desigualdades se ahondan nuevos abismos, arrastrando consigo rencores e incomprensiones. A medida que las ideas, los hombres y las mercancías parecen desmaterializarse para circular cada vez más fácilmente, a medida que el mundo se asimila a una vasta red de flujos entremezclados, se acumulan tensiones, se forman coágulos, se radicalizan las identidades. Las fronteras materiales se esfuman, pero nuevas formas de barreras amenazan con erigirse en los espíritus.
Ya sean religiosas, regionales o afectivas, las afinidades se vuelven a dibujar según una nueva cartografía. En todas partes, comunidades híbridas se polarizan y se responden a escala mundial. La estabilidad mundial, exige la realización de las identidades y su capacidad para coexistir juntas en el seno de un mismo territorio, ya se trate de una región, de un país o de un continente. A través del laberinto de las fronteras nuevas, se plantea toda la cuestión del orden del mundo.
A través de una pluralidad de culturas y de formas de ver el mundo, una energía nueva que supera a cada uno de nosotros e incluso a cada uno de nuestros países, comienza a reunir a todos los hombres. Hay que aprovechar esta oportunidad. Este nuevo espíritu, es el de un gran movimiento que nos une. Nos corresponde construir un mundo que acepte a cada cultura, que reconozca las fronteras y las supere en un gran proyecto común: el de la paz, el del desarrollo, de la ciencia y de la cultura, de la educación y de la voluntad de compartir. Un mundo fundado en el respeto: el respeto de las identidades, el respeto de las civilizaciones, el respeto de las religiones y de las culturas.
Respeto de cada hombre y de sus derechos fundamentales, iguales de Norte a Sur, de Este a Oeste. Juntos, debemos inventar una conciencia de la identidad que se abra al anhelo del otro, a la voluntad de pasar por encima de sus propias fronteras a través del amor y el lenguaje de la alteridad.
Octavio Paz nos invitaba a ver la relación con el otro, como un desafío creador: “Toda cultura nace de la mezcla, del encuentro, de los choques. Por el contrario, a raíz del aislamiento mueren las civilizaciones”.
Quisiera, aportar mi experiencia de europeo. Tenemos una historia caracterizada por guerras, invasiones, guerras civiles y revoluciones.
Europa
Hoy, Europa constituye un espacio frontera, nacido de una doble inspiración: el respeto por la diversidad frente al riesgo de la uniformización del mundo. Por ello, resulta vano querer asignar a Europa fronteras absolutas y una identidad petrificada. Europa está hecha de una superposición de fronteras, entramado renovado entre los legados, historias y culturas de cada uno de los pueblos que la constituyen.
Lejos de condenar nuestro continente a alguna inconsistencia política, esta pluralidad de miradas nos hace portadores de un mensaje para el mundo. La primera lección, nos viene del horror que atravesó nuestro continente durante la segunda guerra mundial. La frontera entre civilización y barbarie, no está ahí en donde Grecia antigua nos había enseñado a situarla, entre una cultura muy evolucionada y las otras. Está en cada hombre, difusa e impenetrable.
La segunda lección de la historia, es la alteridad. Al ir al descubrimiento del mundo, Europa cedió ante las tentaciones del poder: quiso explotar a los demás pueblos, colonizar sus territorios. Hoy ha comprendido estos errores. Ha debido renunciar a la vana dominación de una civilización sobre otra y, en contrapartida a esta renuncia, ha experimentado una profunda mezcla humana y cultural. En las metrópolis europeas, todas las identidades se mezclan y se fecundan.
Aprendimos a ver en nosotros la huella viviente del otro lugar y del otro ser humano, estamos dotados de esta oportunidad que representa para nosotros la mezcla de todas las culturas. Europa constituye un laboratorio para superar las fronteras interiores y exteriores.
Podríamos decir, con Umberto Eco, que la verdadera lengua europea es la traducción. En ningún otro lugar, la historia estableció los intercambios lingüísticos en el primer plano de su vida cotidiana. Europa es una intérprete del mundo, busca sin cesar las convergencias detrás de las divergencias, lo universal detrás de lo particular.
Nos corresponde fortalecer las instancias multilaterales, que se encuentran hoy todavía en sus primeros balbuceos. Nos corresponde construir un verdadero espacio de crecimiento y de paz, en torno del Mediterráneo, crisol de nuevas relaciones entre el Norte y el Sur, entre países desarrollados y en vías de desarrollo, entre culturas y religiones.
Europa, puede aportar la prueba de que, el mundo no está condenado a la fractura y al enfrentamiento.
Las grandes narraciones fundadoras, del Antiguo Testamento a la Iliada o a la Odisea, del Libro de los Muertos egipcio a la Eneida, del Popol-Vuh a las epopeyas africanas, ¿acaso no son libros épicos, libros de grandes travesías, en donde a la identidad se le vuelve a dar forma nuevamente? Estamos en un mundo que se transforma cada vez más rápidamente.
El gran mensaje de la modernidad, es que, nuestro mundo está por crearse. El nuevo espíritu de la frontera es a la vez un espíritu de conquista y humildad, un espíritu de búsqueda que sabe agregar y enriquecerse de todas las huellas acumuladas por la historia. El pensamiento se constituye de este ensamblaje de ecos diversos, que se enriquecen mutuamente. Esta sed de fecundar sonidos, imágenes, gestos y miradas constituye un nuevo aprendizaje.
Escribe Octavio Paz, en El Laberinto de la Soledad: ”El mexicano, no se afirma como mestizo sino como abstracción: es un hombre. Quiere ser hijo de la Nada. Es en sí mismo que comienza”.
Y, yo, francés en México, me siento mexicano, con la aspiración de trastornar las viejas fronteras, compartiendo con ustedes esta búsqueda universal. Búsqueda en la cual todo está por crearse, inventarse, construirse; pero que exige la más humilde de las actitudes, pues, el hombre está desnudo ante su destino. Por ello, debemos partir juntos a la búsqueda de un nuevo humanismo, que se abra a tierras fraternales, tierras del porvenir.
Dominique de Villepin
Extract del Ensayo para la Conferencia Internacional por la Paz
México 2003
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